La pintura de polvo

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El concepto de este sistema es muy simple: se distribuye uniformemente un polvo de color sobre una superficie y luego este polvo se deshace con el calor para que se adhiera adecuadamente y de manera uniforme a la superficie que se debe revestir.
Esta es la teoría, pero en realidad la práctica es mucho más compleja porque el proceso se realiza en piezas de acero que pueden pesar hasta diez toneladas, con formas complejas y difíciles de manejar. Por este motivo, la nueva instalación está completamente robotizada: son las máquinas las que mueven, limpian, revisten, pintan y entregan las piezas al destinatario.
Utilizando la fuerza de atracción inducida por la electricidad estática (la que nos levanta el pelo cuando nos quitamos un jersey) se consigue hacer adherir homogéneamente el polvo de la pintura a la superficie. Cuando las piezas se introducen en el horno de fusión, en el que se produce la polimerización de los pigmentos, la pintura adquiere el brillo, la resistencia y la dureza del revestimiento que se desea.
El polvo es químicamente inerte y, por lo tanto, de impacto ambiental cero: una garantía más para la protección de la salud y del medio ambiente.

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